“Una fría noche de invierno, en el retiro que mi maestro y yo hacíamos una vez al año, tuvimos que acampar en las entrañas de un inhóspito bosque y sin refugio alguno mi maestro encendió una hoguera, no tardaron en escucharse aullidos. Me sentía explorador experto después de tantos años de convivencia con el maestro y sabía que los lobos merodeaban curiosos, no pude pegar ojo en toda la noche, sin embargo mi maestro durmió placidamente, no pude entender la tranquilidad del maestro. A la mañana siguiente mi maestro me hizo identificar las huellas que aparecieron dentro del improvisado campamento, me sorprendió observar que las huellas eran de cualquier animal menos de lobo, algún pequeño roedor y poco más…”
Las nubes se han ido al fin, se despeja mi cielo. Hoy mi cielo se me antoja nocturno y estrellado como antaño cuando ahogaba mi bohemia aptitud en copas en las que encerraba el romántico aullido del lobo que moraba mi interior. Lobo solitario, explorador de noches en vela, creyente de la doctrina del amor encerrado en una bola de nieve, aquel que cuenta que las reinas son para toda la vida y sin embargo las princesas son para una sola noche. Poseído por la arrogancia y la seguridad del que sabe que puede… y debe, arrancaba pedazos de una noche que se vestía de terciopelo. Bohemio de la esquina oscura, romántico de la noche sin velas, enamorado de la puesta de sol nublada.
Aquel que siempre fue abanderado sin bandera, Arcadio profeso y esperanzado en hallar tréboles de tantas hojas como besos se podía repartir en una noche cualquiera.
Cuando sus sueños no fueron suficientes para abarcar tanta soledad, no tuvo más remedio que despertar y entonces me encontré aullando desde lo más profundo de mí ser.
Después de tanto buscar el calor verdadero en esencias de tantos tamaños pero con un único nombre… Utopía, me di cuenta que ni los besos que robaba ni los que regalaba lograban prender aquel fuego que una vez calentó mi vida. Como un marinero sin tatuajes estuve esperando a sotavento. Nunca llueve eternamente y el viento tampoco iba a soplar ad eternum. Así que arríe la mayor, contra viento y marea enfrentado a Poseidón me embarco en una nueva travesía, esperando el bendito barlovento que me lleve a recobrar mis sueños perdidos.
Y desde el timón de mi nueva nave construida a base de proyectos e ilusiones, me enfrento al miedo de lo desconocido, de lo que no se ve, esa sutil marca de miedo evanescente que me hace pensármelo dos veces cada vez que el viento de la duda sopla de cara. Esa marca tatuada en cada comienzo, hace que mis noches sean crudas y oscuras pero al mando de mi nave siento tanto calor en mi pecho que me olvido del miedo, del viento… y del lobo.
“…. Los lobos se quedaron fuera del campamento lejos del abrigo de la hoguera. Entonces mi maestro me dijo:
Joven Soil has estado escuchando lobos toda la noche, sin embargo cuando la noche desapareció has descubierto que realmente ningún lobo vino a molestarte, el único lobo al que has temido era el que moraba tu interior….y has hecho bien joven, pero recuerda que las noches más frías no solo aparecen en crudos inviernos al igual que los mayores peligros no solo aparecen en el exterior…
Pero maestro-le dije-¿Qué puedo hacer para combatir mis miedos?
Muy fácil joven Soil….haz una gran hoguera”


